martes, 11 de septiembre de 2018

Loba / Palimpsestos apócrifos




Por los baldíos y las montañas aún se recuerdan las andanzas de aquella valquiria que clavara su lanza en el corazón del señor solar. En los pueblos, al oír los cascos de los caballos y ver asomarse las sombras largas de la tarde, los muchachos oteaban en el horizonte de las ventanas suspirando por el paso de la amazona. 

Pero en el sur las fronteras del aire no eran seguras. Aún quedaba el señor de la oscuridad, que sabía el modo de hurtar de los caseríos, y aun de algunas ciudades, los ganados, las conservas, y la virtud de las doncellas.

Antes, en el estallido de la mazorca sagrada, los coloridos granos de maíz tornaron hacia los cuatro rumbos del universo. Varios fueron los soles y varias las vidas. Después de eso el hombre verdadero se extravió, y con él se desvió también la flor verdadera... el canto verdadero. Fue cuando la valquiria apareció en el filo del ocaso, desnuda, del color de la tierra para cimbrar el mundo.

Habló la lengua de los hombres. Les dijo: “No huyan cuando la Madre Tierra se estremezca. Está entumecida, y de vez en vez se mueve para cambiar de postura y continuar sumergida en el arrullo del sueño cósmico”.

El señor de la oscuridad caerá vencido, atravesado por el filo de la lanza de la valquiria, cazadora implacable. La bella amazona subirá a la montaña, donde invocará a la madre Tierra para restituir la luz, y devolverle la verdad a la palabra. De la tierra brotarán árboles, y de los árboles frutos, y de los frutos conocimiento. 

Volveremos del periplo sagrado para ser, por enésima vez, la gran metáfora, la misma que en otro tiempo nos enseñara la hermana loba en el fino silencio del aullido, en el gorgoteo de la primera palabra murmurada, hasta nombrarnos junto con el mundo.

viernes, 31 de agosto de 2018

Claudio* / Palimpsestos apócrifos



Recorre con dificultad el camino sinuoso, avanza tan rápido como le permite la lluvia y la fuerza de sus manos encallecidas. “Aunque tenga que comprar llantas nuevas”, piensa Claudio, mientras la noche deja escapar el viento gélido que le hace temblar de frío y de rabia.

Ve luz en aquella vivienda antes deshabitada. ¡Ahí está el cabrón!, dice, mientras comprueba que el arma sigue ceñida a su cintura. Avanza. Recuerda aquella Noche Buena, camino a casa; las risas, los abrazos, los amigos… el cruzar la calle, el fuerte sonido y el profundo dolor que lo elevaba por los aires; la caída seca contra el pavimento, el color azul de la Ford 91, gritos, voces… luego silencio y oscuridad.

Avanza dispuesto a todo, alumbrado por los esporádicos relámpagos que revelan la corriente de agua desbordada de las alcantarillas. Acelera su marcha, cada vez más rápido, más rápido, hasta que un bache voltea la silla mandándolo de bruces contra el suelo. Intenta incorporarse de inmediato, la silla ha caído lejos de su contrahecho cuerpo. Se arrastra trabajosamente sobre el fango; en ese momento viene a su memoria aquel grito de gol que hizo enloquecer a la afición. El Real Obreros había ganado el campeonato, él levantado en hombros, él admirado por toda la afición, él sonriente y sudoroso, él… 

...arrastrándose ahora por aquella agua pestilente, con las piernas huérfanas de la gloria. Claudio siente cómo las lágrimas recorren sus mejillas. ¡Los hombres no lloran!, se grita, burlón, saboreando el líquido ferroso que se asoma entre sus labios. Alcanza la silla, la levanta, se acomoda con mucho esfuerzo, respira un momento y sigue su marcha. Treinta metros más y estará frente a la puerta. Avanza con precaución, su respiración se torna agitada, un ligero temblor transfigura su rostro moreno. Ha llegado. 

Antes de llamar a la puerta se acaricia el costado para sentir la pistola y no la encuentra. Se busca entre las bolsas del pantalón de mezclilla, pero ya no hay arma. ¡Maldición! ¡Puta maldición! Frente a la puerta duda, trata de mirar hacia el lugar de la caída, sabe que no aparecerá ante tal oscuridad. Frente a la puerta llora de rabia, ¿Quién está ahí?, se escucha una voz chillona y alcoholizada. Claudio se limpia las lágrimas, aprieta los puños con fuerza unos instantes y después golpea con firmeza la puerta; se escuchan murmullos, pasos que se acercan, trastabillantes; la puerta se mueve torpemente… y se abre.


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*Texto del maestro Jesús Sánchez Meza, quien también escribe porque le da la gana, y se le dio la gana cerrar esta serie de palimpsestos apócrifos, que entrarán en período de hibernación para facilitar las intervenciones quirúgicas que se avecinan.

jueves, 30 de agosto de 2018

Regreso / Palimpsestos apócrifos



Sarogatip, el que estuvo presente cuando aparecieron por primera vez, después de la primera vez, los mundos; el que se negó a reiniciar la expansión del universo hasta no ver reveladas las once dimensiones; uno de los pilares de la geometría creacionista, Sarogatip, se inclinaba para contemplar más allá de la frontera cósmica.

Sus ojos iban desde la materia donde se agitaban multiversos hasta la antimateria donde dormían antimultiversos, todos sobre una estela infinitamente opaca, parecida al capullo de los Senarcala, surcando múltiples paisajes para depredarlos, indómitos.

Sarogatip envuelto en cuerdas vibrantes por donde transitaban latigazos iridiscentes de energía alucinantemente incalculable. Conexiones que brotaban desde el vacío entre branas, sordas al principio, y ensordecedoras después; fractales multiplicados sin fronteras posibles a los ojos del anónimo geómetra.

Aninotores y Animapod, cabalgando colosales nerviotransmisores oscilantes sobre redes. Sispanis fustigando el espacio con más y más universos, eclosiones interminables y veloces engulléndose y volviendo a regurgitarse, unidimensionales.

Seder de Sanoruen, polifónico, estaba por completar por primera vez, después de la primera vez, las enésimas geometrías elementales, volumétricas, poliédricas; estimaciones que Sarogatip había logrado sublimar con el cero y uno, cero y cero, uno y cero, uno y uno, hasta hablarse de tú con esa esencia innombrable y recóndita.

Realidad elástica que tornó de pronto en reversa gomosa, imparable hasta el destello rampante de un punto incalculable, frágil en apariencia pero de una voracidad envolvente hasta la ceguera, donde Sarogatip oteara apenas un nanosegundo la frontera que ahora se transformaba en el punto equidistante de algo llamado Adiv, que se le echó encima hasta expulsarlo del nanocosmos iluminadamente oscuro, recreando el infinito milagro de Recan, pero al revés.

Ludere / Palimpsestos apócrifos



-… Y entonces, iracundos, seres oscuros me despojaron, me arrebataron lo que había reunido con tanto esmero: la gramática de la fantasía, que es el nutrimento de la palabra. Desde aquel día arde y se consume a fuego manso con el leño del fogón, bajo la severa custodia de Los Correctos. Sube el viento en el humo y se deshace. Queda la ceniza sin rostro. Para que puedas venir tú y el que es menor que tú y les baste un soplo, solamente un soplo…

- No me cuentes eso, Fabulino.

- ¿Acaso hablaba contigo, títere? ¿Acaso se habla con los desalmados muñecos de madera?

Fabulino corrió a consultarle a los Arúspices, quienes abrieron en canal a un cordero. El indefenso animal, ante el sacrifico, se fue sacudiendo cada vez menos, igual que sus lastimeros balidos. Uno de los hechiceros se asomó entre las vísceras aún calientes, hurgando, buscando el futuro tan ansiado por el dios a quien fuera otorgado el don de enseñar a hablar a los niños.

Luego del concilio, los adivinos regresaron con Fabulino para contarle lo que las vísceras habían revelado. El dios caído en desgracia pidió le fuera revelada la verdad, por amarga que ésta fuera. “Ludere”, dijeron al unísono los brujos, luego  se alejaron como se alejan las hojas secas sobre el viento. Fabulino caviló, pensó, meditó, reflexionó, hasta convencerse de que la tristeza y el rencor le habían cegado el corazón.

El homúnculo de madera, hilo y pintura, se postró frente a Fabulino, quien al verlo tuvo el broche preciso para las ideas que le revoloteaban de nuevo en la sesera. Arrebataría a Los Correctos las cenizas con las que comenzaría de nuevo a enseñar la palabra a los niños. Miró al títere, quien entendió la necesaria circunstancia de inmolarse.

Pieza por pieza fue desmembrado el valiente homúnculo, ofrecido cual Caballo de Troya frente a la feroz custodia de Los Correctos, quienes sólo vieron leña para la hoguera. Fue así, y no de otra manera, que Fabulino recuperó la preciada gracia de enseñar la palabra verdadera a los niños, no para que fueran Correctos, sino para nunca más fueran esclavos.