miércoles, 29 de agosto de 2018

Diplomado / Palimpsestos apócrifos



Le cruzaba la cara una sutura dispareja: una curva rojiza que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo, cubierta con un parche regalo de su amigo tapicero. Su nombre verdadero no importa; algunos le decían El Negro, ingeniero civil convertido en detective privado por correspondencia, diplomado previo depósito. Las balas en la espalda, la cojera imborrable, y demás cicatrices eran gratis “por jugarle al vergtective”, dijo el ingeniero en drenaje profundo esa jornada equinoccial, cuando apostaban si la noche y el día duraban lo mismo, o no.

El Negro sintió los rayos del sol en la hora tercia y revisó la nota pegada en el pizarrón: “Don vergtective, dejo la apuesta dentro del cañón de la pistola. En la noche regreso para que me lo pruebe y me lo sostenga”. Dio la media vuelta para encontrarse con aquella mujer antigua sentada en la silla de madera. El investigador se acomodó el parche, después la camisa mientras la mujer se presentaba: “Mi nombre es Margaretha Geertruida Zelle”.

“La bailarina”, pensó en voz alta, luego encendió el cigarro electrónico mientras repasaba el nombre, similar al de la espía que más le erectaba la sangre. “Me acusan de traición, y usted me ayudará a encontrar la salida”. Dejó el remedo de tabaco sobre el cenicero, avergonzado por seguir sumando más clavos a su ataúd. Ella era no sólo el deseo perfecto, era también un chingo de recuerdos acumulados.

La hora nona sorprendió al detective, que a duras penas había logrado platicar con la espía más deseada, intervalos de una larga escena reducida a una pregunta: “¿Cómo matas a alguien que ya está muerto?” Decidió fumar del tabaco oscuro que conociera en su juventud, cuando se hizo barraco, hombre duro, sin debilidades. Y la traición tampoco cabía en su decálogo, si es que lo tenía. Ella remató: “¡Ramera sí, traidora jamás!”

El Negro pasó aceite cuando la bailarina se desnudó frente a él con su danza pretérita. Balbuceó sobre el sillón el nombre de Mata Hari, inquieto, deletreando la delicada silueta sobre el aire del sueño, privilegio reservado para detectives chingones en días de equinoccio. Ella insistió: “¿Cómo matas a alguien que ya está muerto?” - ¡Fácil! - contestó el detective, -Espero a que se ponga morado, desenfundo mi pistola para matar muertos morados, y ¡pum!, resuelto el problema.

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