viernes, 20 de julio de 2018

Infusiones / Palimpsestos apócrifos



La cueva se alumbraba por un leño de ocote. En un rincón descansaban un molde de hierro, una cuchilla, una plancha de vapor, una lengüeta metálica y otras herramientas de formado y modelado. Del techo pendían cuerdas sosteniendo el viejo molde de adobes, que servía de cama, y sobre mantas y desteñidas hilachas descansaba la cabeza de un chimpancé. El Sombrerero frotó el fieltro, lo ciñó a su cabeza y terminó la taza de té. Delgado, mediano, de faz mortecina, sin pelo de barba, vestía un traje bermellón y carmesí.

Salió paso a paso de la cueva, desapareciendo en la oscuridad impenetrable de la noche.

Francisco llegó minutos después atraído por la luz. Andrajoso, casi en los huesos, hurgó buscando algo para comer. Solo halló retazos de forros, cueros y fieltros, y muchos tarros de té. La lumbre del ocote proyectaba formas caprichosas en la pared. Después de huir por semanas, pensó le vendría bien un té caliente, algo que hacía varios años no saboreaba, desde su llegada al territorio Inca.

Colocó un sucio frasco de vidrio sobre la brasa aún viva, atizando el fuego. Minutos después el vapor de mercurio invadía el aire, aturdiendo al intruso sin hacerle perder el sentido. Las alucinaciones llegaron con la cabeza de Tupac Amaru flotando frente a él, severo. Francisco, a falta de espada, quiso atrapar el rostro fugaz, yéndose de bruces. Al reincorporarse halló de frente al Sombrerero, quien le sonreía mientras sacaba chambergos de todo tipo. Sombras de cientos de cabezas cercenadas por Pizarro, en nombre de Dios y del Rey, lo miraban desde la pared.

El Sombrerero, extasiado de contar con tan dispuesta visita, acomodó las cofias en el suelo. Francisco, babeante, salía de un sombrero para meterse en otro, cual agujeros de gusano, hasta ver a lo lejos su cuerpo decapitado. De su boca salieron burbujas de colores con palabras dentro iguales a caramelos, frágiles. Qué lejos estaba de su cuerpo, y más de la vieja patria.

El sombrerero, travieso, preparaba la enorme tijera mientras bebía la mercurial sustancia, absorto en el crepitar del ocote.

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