miércoles, 11 de julio de 2018

Reflecos / Palimpsestos apócrifos


Esa noche, después de teclear la enésima carta para el epistolario: “No soy como me pintan”, su ópera prima de pronta edición, y discutir con "Siri" una cuestión sobre algoritmos y palabras obscenas, Dorian volvió al cuarto de baño en la tranquilidad del departamento que miraba hacia un jardín de estrechos senderos. De pie, frente a su espejo favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el largo reflejo de su cuerpo, y se puso a repasar cada milímetro del joven y hermoso rostro en el medio del eterno día.

"Siri" se dio por vencido al no encontrar la manera de satisfacer los caprichos textuales de Dorian, que al no hallar otra manera de convencer a la extravagante aplicación, optó por hablarle a su reflejo: “Espejito espejito”. El vidrio de mercurio respondió: “ito... to… o”.

El apuesto y lozano Dorian abrió con desmesura los ojos, luego recuperó el aplomo para decir: “Espejito Espejito, ¡dime palabras sucias!”. El espejo respondió: “cias… ias… ass”.

El eco, de una sensualidad encantadora, presionaba de suave manera los tímpanos del atolondrado mancebo quien, animado por el sublime murmullo, alargó la charla consigo mismo, el otro: “Espejito espejito, dime que no tengo par ni oposición”. El espejo, con voz melosa, respondió: “ción… ión.. ón”.

Los días y las noches se sucedieron, vertiginosos, sin que a Dorian le importara tanto el devenir del tiempo, fascinado hasta el delirio por la imagen y la voz reflejadas desde el cristal de plata.

Así se consumieron días, meses y siglos, con el paisaje intacto en el espacio – tiempo del departamento, en el cuarto de baño donde Dorian Gray se había transformado en una planta de robusto tallo y verdes hojas, coronada de flores amarillas, para el deleite del resonante espejo, multiplicando su reflejo en cada recinto repleto de egocéntricos, dispuesto a dominar el mundo.

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